lunes, 19 de septiembre de 2011

Mia



Una habitación completamente vacía. Frunzo el ceño sin comprender absolutamente nada.
-¿Mia?-pregunto en voz alta para asegurarme de que la chica está en la habitación o si por el contrario se ha tirado por la ventana, bueno aunque la ventana no está rota por lo que descarto esa opción.
Escucho un murmullo  a mi derecha y decido acercarme y acuclillarme al lado de la chica escondida detrás del sofá. La observo en silencio e inclino la cabeza para acabar preguntando:
-¿Mia?
Ella me mira con los ojos desorbitados, asustada, con las manos en las orejas y encogida, como cuando eres pequeño y quieres desaparecer. Trago saliva e intento encajar esos pequeños ojos marrones, con tal expresión de horror, en mi cabeza.
-Soy Nolan Worthan tu nuevo médico-digo tendiendo la mano, para luego pasarla por detrás de su hombro para cogerla y devolverla a la cama no sin un poco de esfuerzo y sin dejar de notar su mirada clavada en mí-. Por favor di algo, no quiero llevarme mal con mi primera paciente y que para colmo no me hable, porque no hay nada que odie más que el silencio.
Cuando la dejo sobre la cama se queda un par de segundos con los ojos cerrados, quizá pensando o a lo mejor quiere que me vaya porque tiene ganas de dormir. El caso es que en esos escasos segundos observo cómo su flequillo castaño cae sobre su frente y la melena ondulada cae en cascada sobre sus hombros. Tiene una nariz pequeña al igual que sus ojos y los labios igualmente pequeños pero bien definidos y ahora entreabiertos para dejar pasar el aire.
-Por fin un médico joven, ¿qué es lo que quieres que te diga? Que vas a acabar amargado como cualquiera de los que lleváis la bata blanca en este lugar, parece que nunca os han querido, que no tenéis más vida fuera de estos cuatro muros y no ofrecéis más que apatía a los pacientes porque teméis pillarles cariño para cuando se mueran-dice con los ojos cerrados para luego de repente abrirlos y mirarme fijamente-. Y si quieres saber algo sobre mí, que sea hablando en el aspecto médico pues es simple simplemente pide que hagan esta o tal prueba, es simple principiante.
Me siento en una silla cercana a su cama asintiendo sin dudar, la chica es lista, pero no se parece en nada al ovillo agazapado que encontré hace apenas un minuto tirada en el suelo tapándose los oídos.
-Muy bonito, muy poético sí señor. Ahora dime, ¿qué había aquí que te asustaba tanto como para estar tirada ahí?-digo señalándole el suelo.
-Escuchaba… voces.  Pensarás que estoy loca, lo ha pensado todo el mundo, pero simplemente forma parte de mi degeneración psíquica, no te asustes-dice encogiéndose de hombros como si cualquier chica de su edad estuviese acostumbrada a tener delirios  normalmente.
-No pienso que estés loca, simplemente me parece curioso que sepas diferenciar perfectamente entre lo real y lo que no lo es y que además estés tan informada de lo que pasa.
-¿Quién sino yo, sabe mejor lo que me sucede? Quizá vosotros podáis ponerle un nombre técnico pero si yo no digo: “me duele esto”, “me duele lo otro” o “ah me estoy muriendo”, vosotros no sabríais qué es lo que tengo y cómo tratarlo. Y por ahora tampoco lo sabéis.
Vuelvo a ojear su historial médico mientras la chica habla y sé que no puedo saber qué es lo que tiene con solo mirar esos documentos pero sino tiene Parkinson y tiene en ocasiones movimientos coléricos y además alucinaciones lo que en mi opinión padece es Corea de Huntington o quizá Westphal.
-Llevas mucha razón-murmuro cogiendo su brazo derecho y observando los puntos al descubierto. Quince puntos en paralelo a lo largo de todo el brazo derecho, me sorprende que siga con vida-. Una pregunta así saliendo del rollo de médico a paciente, ¿por qué lo hiciste?
Ella pone los ojos en blanco y bufa para luego encoger la nariz y contestarme un tanto molesta:
-Eres el más directo de todos, creo que por la diferencia de edad y eso, pero lo siento eres muy mono y esas cosas pero no quiero salir contigo.
-No te estoy pidiendo salir, me recuerdas demasiado a mí y eso no sería más que un error. ¿Salir conmigo mismo en versión en femenina? Muchas gracias pero no-digo sonriendo de lado, no soy como ella pero básicamente es por romper un poco el hielo-. Ahora contesta, ¿Qué pasó?¿Se equivocaron en tu tinte del pelo?¿Se te rompió una uña? Oh no espera, déjame adivinarlo. Tenías el flequillo abierto.
-Qué humor chico, me sorprende que no te hayan echado ya del hospital.
-Es que es mi primer día-sonrío orgulloso de ello y la miro alzando las cejas indicando que quiero una respuesta.
-Quería dejar de oírla.
-¿A quién?-pregunto sin pararme a pensar.
-A ella-dice señalando el lugar donde la he encontrado al llegar.
Asiento con la cabeza, alucinaciones tanto auditivas como visuales, lo cual no estaba escrito en el informe. Trago saliva intentando pensar, quizá debería mandar que le hicieran un TAC  o una resonancia magnética del cerebro pero el sonido de las pulsaciones que quedaban reflejadas en el monitor se aceleran. Levanto la vista del historial y me falta tiempo para reaccionar y pulsar el botón de emergencia de la pared. Corro a su lado y la intento girar para tumbarla de lado como enseñaban en los típicos cursillos de primeros auxilios del instituto.
No tarda más de cinco segundos en llegar una doctora de la planta para apartarme de al lado de la cama y preguntarme:
-¿Cuánto tiempo lleva así?
-Un minuto-contesto algo paralizado por lo que acaba de ocurrir.
-¿Y qué hay que hacer en estas situaciones?-me pregunta como si estuviese en una clase de la universidad.
Observo a Mia convulsionando sobre la cama en movimientos cada vez más fuertes y me bloqueo aún más. Entreabro los labios para contestar pero me quedo sin habla y totalmente en blanco.
-Fuera, largo-dice empujándome hasta la puerta y echándome de la sala para cerrar la puerta detrás de mí.


lunes, 4 de julio de 2011

Yo soy Worthman, Nolan Worthman.



Mi colega Thompson deja de caminar y yo como voy enfrascado en las vistas que tengo enfrente, quiero decir en observar los preciosos cuadros que cuelgan de las paredes,  pues no me percato y choco con el de delante que parece un armario ropero con pelo rubio. Me da miedo que me gruña por lo que me limito a alzar las manos como si yo no hubiese hecho nada y vuelve a girar la cabeza hacia adelante.
-Tenéis los pijamas en el vestuario, cada uno tiene una taquilla asignada espero que sepáis encontrar vuestro nombre, cuando acabéis  os espero al final del pasillo.
Entran todos, el vestuario es eso, un vestuario, tiene varias filas de taquillas y un par de bancos de madera para sentarte y quitarte los zapatos, vamos lo de siempre. Busco mi taquilla que está justo debajo de la de Laura, la cual está cogiendo su pijama mientras yo me limito a cruzarme de brazos y dirigir algún que otro vistazo a los bolsillos traseros de su pantalón. Creo que la pobre Watson debería plantearse cambiar de taquilla, pero por mí todo bien, me gusta que su taquilla esté encima de la mía, pero no es porque tenga buenas curvas ni por tonterías de esas, sino porque así podré entablar conversación.
El armario ropero vestido con el pijama azul me hace demasiada gracia como para no evitar que me ría, pero él me ve y me pregunta sin ataduras:
-¿Eres gay?
Finjo que hay alguien detrás de mí y  miro hacia atrás para luego fruncir el ceño y señalarme a mí mismo:
-Supongo que para tu desgracia no, pero seguro que por aquí hay alguno de tu tipo no te preocupes, hay muchos médicos.
Sonrío de lado saboreando mi victoria… Hasta que me doy cuenta de que parece bastante enfadado y si no llega a ser porque el chico de pelo castaño, que parece tener dieciocho años, se interpone y habla, quizá en estaría muerto:
-Ey bajad los humos ya, en serio ¿no pensáis? Es vuestro primer día aquí y ya estáis a punto de pegaros mutuamente. Soy Danny Lynn-dice a modo de presentación mientras e termina de poner la camiseta.
El ruido de la taquilla al cerrarse tras de mí, me sobresalta para luego girarme y observar a Laura con el pijama ya puesto. Chasqueo la lengua mentalmente, porque tenía planearlo verla en ropa interior, pero  al fijarme mejor en la ropa me doy cuenta de que lleva la camiseta debajo de la camisa azul que forma el pijama, y me tranquilizo. Ya lo hará en verano.
-Laura Williams-dice únicamente para luego girarse hacia mí y alzar una ceja- y tú Worthman no te creas que no te he visto mirándome el culo.
Me llevo una mano al pecho fingiendo culpabilidad y me muestro herido:
-¿Yo? Mentira- me agacho y me giro hacia mi taquilla cogiendo el pijama y prosigo-Imposible, no me has podido ver porque estabas de espaldas.
Me cambio con rapidez en el tiempo que ellos se ponen la bata y se cuelgan el fonendoscopio del cuello, para lo cual yo tardo la mitad que ellos. La gente de este hospital deberá comenzar a saber que yo soy supersónico. Meto mi ropa en la taquilla toda hecha una bola y la cierro para salir con ellos del vestuario y decir con el modo egocéntrico encendido:
-Pues yo soy Nolan Worthman pero eso ya debéis saberlo.
-Rubens Silack-me dice el otro chico que es más o menos de mi estatura y lleva gafas de pasta negra , como diría mi hermana de nerd, que parece que ahora están de moda, que agrandan unos ojos verdes ya grandes de por sí y con el pelo negro como la boca de un lobo. Este es el único capaz de extender la mano para presentarse por lo tanto se la estrecho.
Podría decir alguna frase graciosa como “cuidado no te hagas daño”, pero ya quedaría como un egocéntrico y un creído y es lo último que soy, pero cuando me pongo nervioso no puedo evitar ser de esta forma.
Caminamos por el pasillo, que por cierto es largo sin lugar a dudas y me comienzo a preguntar por qué me metí en cirugía. Thompson nos espera a la vuelta de la esquina mientras nos dice:
-Pasaréis las próximas 72 horas dentro del hospital, quien decida abandonar el recinto quedará automáticamente expulsado del programa. Aclarado ya todo, debéis saber que todo cuenta desde este mismo instante-nos examina uno a uno  y añade-. Bien. Cada uno de vosotros tiene un historial clínico de un paciente con los correspondientes análisis e informes necesarios para un correcto diagnóstico y posterior tratamiento. Esos pacientes dependen de vosotros, serán vuestra prioridad y debéis de haberlos tratado antes de finalizar vuestro primer año, si es que no se han muerto antes. Por lo tanto os deseo suerte y que me sigáis para comprender que la medicina no es un juego.
Me muerdo el labio mientras se me viene a la cabeza la típica imagen de película de un niño pequeño diciendo: “Yo de mayor voy a ser médico”. Pero claro ese niño no sabe las responsabilidades que conlleva ser un médico, ni la cantidad de muertes que pueden cargar a tu espalda o las vidas que puedes salvar que dependiendo de la especialidad pueden ser bien pocas o por el contrario numerosas. Los enfermos suelen ver a los médicos como los salvadores o sabios de la tribu que tienen pociones mágicas o quizá una varita que acabará con su dolor ( y no me refiero a la morfina que todo el mundo piensa que es todopoderosa). Los médicos al fin  y al cabo somos personas, no somos máquinas de salvar ni tampoco somos unos asesinos cuando una vida se nos escapa de los bisturís. Y ya estoy yo hablando como un médico profesional cuando mi residencia acaba de comenzar, la verdad es que me meto demasiado en los personajes aunque lleve apenas cinco minutos con el pijama y el fonendoscopio al cuello. Quizá el fonendoscopio otorga algún tipo de superpoder.
-Ahora os llevaré a conocer a vuestros pacientes y dentro de dos horas quizá os llame para alguna urgencia o para… en realidad para lo que a mí me plazca.
Qué majo que es el hombre ¿no? Y ahora que lo pienso ¿cómo se llama el armario ropero que me sigue mirando de reojo con ganas de pegarme al salir de clase? En mi época de instituto yo era la clase de chico que sino tenía una pelea el viernes a la salida del instituto era porque se había puesto enfermo, bueno, quizá exagero un poco. Volviendo al tema del armario ropero creo que su apellido es Watson, pues así se llamará. El pobre chico como indica su apellido ha nacido para ser un segundón y estar a la sombra de Sherlock.
Thompson comienza a andar dirigiéndonos por los complejos pasillos del hospital, subiendo escaleras hasta el tercer piso y entrando en una habitación en la que hay un hombre mayor en una cama y una médica a un lado de la camilla hablando con el paciente. Sin interrumpir la delicada conversación que mantienen el paciente y el médico, Thompson mira a Laura y le indica que ese es su paciente, por lo que la dejamos a ella y continuamos nuestro camino perdiendo a los miembros del grupo por el camino, hasta que finalmente quedo yo con Thompson subiendo hasta el sexto piso en silencio. Me da una palmada en la espalda al dejarme frente a la puerta de la habitación de la tal Mia. ¿Por qué me ha dado una palmada en la espalda? Esto me da mala espina, no me gusta que me den palmadas en la espalda y que para colmo no me entere.
Abro la puerta y me encuentro con…¿qué?

lunes, 6 de junio de 2011

Miradas



Yo me limito a finalizar mi desayuno y fregar el plato, el cuchillo y el vaso que he usado. Miro el reloj de reojo y no dudo en dirigirme hacia la puerta, no sin coger antes las llaves de mi coche. Echo la vista atrás un segundo mientras sostengo la puerta abierta entre mis dedos y me encojo de hombros diciendo en voz alta para mí:
-Nolan te estás haciendo viejo.
Cierro la puerta tras decir estas palabras tan emotivas y que tantos corazones habrían conquistado si, obviamente, alguien me estuviese viendo. Bajo los escalones con pasos cortos que quedan en un semi-salto, por llamarlo de alguna manera. Me subo en el coche y me quedo un par de segundos pensativo antes de poner la llave en el contacto y arrancarlo. Conduzco con la radio apagada y observando la carretera, dirigiéndome al hospital. Este verano durante las vacaciones conducía hacia el edificio de color blanco inmaculado para aprenderme el camino, ahora podría hacerlo incluso con los ojos cerrados. Pero no quiero correr riesgos.
Curva a la izquierda, gira el volante, cuesta, cambia de marcha,… El trayecto se me hace más corto de lo habitual y en cuanto estoy en el aparcamiento suspiro y hago una mueca con los labios que queda en una sonrisa de monstruo dibujada por un niño de tres años y cuatro meses. Me bajo del coche, lo cierro y me dirijo hacia las puertas automáticas del hospital. Un grupo de hombres y mujeres esperan en la puerta principal, una de melena rubia me sonríe.
-Buenos días Elle-la saludo.
Todos nos conocemos de la reunión del día anterior, soy bueno para las caras y los nombres, por lo que no me resultará demasiado difícil habituarme a ellos, en el fondo somos como animales salvajes. Todos miran a las puertas del hospital como si esperasen que de ellas surgiese un fantasma o algo, tuerzo los labios y pregunto en voz alta:
-¿Por qué estamos aquí?
Pero nadie contesta, por lo que, asumo que tienen miedo. Qué le vamos a hacer, me toca ser el valiente que traspasará la puerta. En cuanto entro al hospital escucho unos susurros tras de mí, y después unos pasos que me siguen, por lo que vuelvo la cabeza y observo la melena pelirroja y lacia de una chica muy menuda que podría pasar por una quinceañera. Firefly se llama, sino recuerdo mal. Un nombre curioso, demasiado extraño, pero no soy quien para opinar sobre nombres porque estos nos los otorgan nuestros padres y algún motivo tienen para ponerle este u otro a sus hijos.
Llevo la tarjeta de interno colgada al cuello y me limito a mostrársela al guarda de seguridad que hay en el pasillo que lleva a los laboratorios. Sino recuerdo mal estábamos citados a las cinco de la mañana en un aula habilitada para los internos. Llamo a la puerta pero no hay respuesta, la abro y me asomo descubriendo a un hombre que rondará los cincuenta y tantos largos sentado en una silla en mitad de la sala. Mira su reloj y luego me devuelve la mirada, trago saliva y me mantengo con el semblante inexpresivo. Alza la barbilla como preguntando, a lo cual respondo:
-Nolan Worthman.
Me evalúa con la mirada y me indica un asiento en particular sobre el cual hay una carpeta con el nombre de “Mia B. McDowell” escrito con letra irregular a bolígrafo negro. La abro y observo el expediente, mientras los demás internos llegan y son evaluados al igual que yo. Me gustaría saber cuál es el criterio de ese hombre para asignar cada paciente, simplemente nos ha mirado, sin hacer ninguna pregunta. Comienzo a leer el informe percatándome de que la chica había intentado suicidarse y seguramente padecía algún trastorno psiquiátrico.Personalmente preferiría algo relacionado con la cirugía cardiotorácica pero no debo rechistar porque podría haberme tocado una apendicitis. Mientras yo estoy en mi mundo, tres médicos ataviados con uniformes de diferentes colores pero todos con una bata blanca, se sitúan en el centro de la sala.
El primer médico no pasa los cuarenta y cinco, medirá un metro ochenta y tiene pinta de querer cargarse a todos los internos que le toquen las narices. Nos mira y sonríe, lo cual me causa un escalofrío.
-Soy el doctor Thompson, los internos que nombre ahora son los que estarán conmigo durante sus años de residencia-carraspea y lee los nombres de la lista que sujeta entre sus manos-. Lynn, Selick, Williams, Watson y…
Cruzo los dedos detrás de mi espalda, ¿y por qué no esa doctora rubia del centro, con cara de ser amable? ¿eh? Podría tener un golpe de suerte por una vez.
-… Worthman.
Chasqueo la lengua y me levanto de mi asiento dirigiéndome hacia donde están los demás compañeros de tortura. Thompson, sí,  no Doctor Thompson, eso queda demasiado importante, anda decidido por los pasillos sin decir palabra mientras entre nosotros intercambiamos miradas que significan “¿por qué a nosotros?”, “¿has visto cómo anda? No quiero saber su sexualidad pero mejor la espalda a la pared”, “hola” y un “ay, aquí te pillo aquí te mato”, bueno en realidad esa mirada  no me la ha dirigido nadie, pero mi subconsciente ha interpretado así el vistazo que me ha dirigido Laura no hace más de tres segundos.

domingo, 5 de junio de 2011

Un gato ruso llamado Peach



El despertador logra interrumpir mi sueño con su continuo sonido agudo e insoportable al oído humano. El que inventó el  despertador y pensó en una campana en miniatura estaba demasiado equivocado si lo que quería era que la gente de despertarse de buen humor. Despertarse, por supuesto. ¿De buen humor? Su madre.
Tanteo con la mano la mesa auxiliar que hay al lado de mi cama pero lo que consigo es tirar el despertador al suelo con un sonido estruendoso. Por lo menos he conseguido que deje de sonar, algo es algo. Y además, lo que yo quiero es silenciarlo por lo que teóricamente debería dar saltos de alegría por haberlo logrado. Pero la idea de que son las cuatro de la mañana y debo acudir al hospital en mi primer día como interno evita que dé esos saltos. No espero que todo sea un camino de rosas ni mucho menos, aunque las rosas tengan espinas. Más bien me lo tomo como una pista americana en la que estaré a prueba todo el tiempo y descubriré cuan inútil soy.
Saco una pierna por el filo de la cama y la poso sobre el suelo, “Bien Nolan ahora solamente debes sacar la otra pierna y estirarte”. Me muevo lentamente aprovechando hasta el último grado que se refugia entre mis sábanas, para no afrontar la cruda realidad. A pesar de estar en septiembre hace un poco de frío, entre otras cosas porque son las cuatro de la mañana. Me restriego los ojos y acabo por destaparme por completo, a los pocos segundos me arrepiento de haber llevado a cabo dicha acción. Me rasco la nuca y voy al baño para una ducha matutina que logre despejarme del todo. Mis pies descalzos se dirigen al baño arrastrándose y en cuanto entran en contacto con el frío mármol que forma el suelo, se arrepienten de no llevar un par de calcetines.
No tardo más de diez minutos en la ducha en los cuales maldigo a mi hermana por dejar el grifo en la dichosa marca azul, que indica que el agua saldrá fría, en la cual jamás me fijo. ¿Por qué? Porque todo el mundo es tan caritativo como yo y siempre lo deja en el centro, está claro que mi hermana no es de mi sangre. Me envuelvo en la toalla y regreso a la habitación para coger la primera camiseta del armario y los vaqueros de la suerte más esas converse de toda la vida que tienen más agujeros que tela. Me miro en el espejo y revuelvo mi pelo castaño, haga lo que haga va a acabar despeinado. Conclusión: No vale  la pena peinarse.
Bajo las escaleras con el modo silencioso encendido y cuando llego a la cocina tanteo la pared en busca del interruptor. Y cuando se hace la luz, sí, soy Dios, la silueta de mi hermana casi me provoca un ataque al corazón. Lo normal para una niña de dieciséis años es que  a las cuatro y cuarto de la mañana no haya gato en celo que pueda despertarla, pero es que la pobre no es normal, lo digo con el cariño de un hermano.
-Sé que quieres matarme, pero habría funcionado mejor si tuvieses un cuchillo en la mano y no un bol de cereales integrales-le digo dirigiéndome al armario que hay sobre la encimera para coger un croissant que había quedado del día anterior. Me giro sobre mis talones para coger la cafetera pero no está, se me acaba de aguar la fiesta-. Jude me has jodido el baile matutino.
Ella se limita a encogerse de hombros, la miro de reojo intentando averiguar qué es lo que le ocurre. Doy ese par de pasos que me ha faltado para alcanzar la cafetera, es la costumbre. La cafetera siempre está a mi derecha, es decir siempre la cojo después de coger el croissant que nadie quiere, pero a la señorita madrugadora parece ser que le ha dado por hacer café. Vierto el café, aún caliente, en mi taza blanca y pintarrajeada por mi yo de cinco años. Dejo la taza sobre la mesa de la cocina y pongo el croissant en el tostador, para luego sentarme a esperar el característico “clinck” que produce el temporizador de este. Sujeto la taza entre mis manos calentándolas con el calor que desprende el café y miro a mi hermana de reojo. Su flequillo cae por su frente tapándole los ojos y el resto de su pelo castaño oscuro se agrupa en una trenza totalmente deshecha. Tiene la mirada perdida en algún punto de su cuenco de cereales ya vacío y los labios entreabiertos y resecos. Los dedos de su mano derecha aferran con fuerza la cuchara y su mano izquierda se esconde en la manga de una vieja sudadera de los Dodgers, que usa como pijama junto con un pantalón de baloncesto de los Lakers.
-Jude, creo que deberíamos comprar ese disco de Lady Gaga que llevas pidiéndome tres meses-comienzo a hablar para comprobar si está en la tierra o en su propio planeta-. O quizá ese disco nuevo que ha sacado Rihanna… ¿o el de Black eyed peas?
Pero ella permanece en la misma posición en silencio, niego con la cabeza. Le pasa algo, seguro, porque ella en su estado normal habría comenzado a gritarme y me habría dado un puñetazo antes de haber acabado la primera frase. Miro el reloj de la pared que marca las cuatro y veinte para luego escuchar el sonido del tostador y levantarme para untar mantequilla y mermelada de frambuesa sobre el croissant solitario que nadie quiere. Me vuelvo a sentar y me percato de que esta chica no se ha movido ni un milímetro. Le golpeo en la mano, quitándole la cuchara, y alza la mirada sobresaltada.
-¿Qué te pasa?-digo, no quiero andarme con rodeos.
Ella titubea y mira el lugar de la mesa donde ha caído la cuchara, escondiendo la mano derecha en la sudadera y volviendo a mirarme con su mirada perdida. Tiene los ojos hinchados como de haber estado llorando toda la noche, las mejillas enrojecidas y tres cortes perpendiculares horizontales en su mejilla izquierda. Cierro los ojos asimilando todo aquello y me llevo las manos al pelo presionando con las yemas de los dedos sobre mi cabeza. Cuando vuelvo a abrir los ojos ella ya ha agachado la cabeza de nuevo y se esconde tras su manto de pelo, no se me ocurre más que reprenderle con sarcasmo:
-Tú no pienses, no, destrózate tu vida, no hables Jude, claro no hables con nadie porque nadie te va a comprender porque tu vida es muy difícil-aprieto los dientes y me controlo-. Mira Jude…
Pero ella frunce el ceño y me mira con cara de no comprender lo que está pasando:
-Nolan, tranquilízate, ha sido Peach esta noche-suspira.
Peach, ese gato de color ceniza y ojos verdes que siempre mira con cara de malas pulgas, creo que eso ocurre desde que le pisé la cola hará dos años, aún me guarda rencor. Alzo una ceja, ¿se cree que soy estúpido?
-Sí, ya… yo te creo-bufo molesto, no hay nada que odie más en este mundo que la mentira.
-He cortado con Marc-murmura.
-Y no solamente con Marc-mascullo bebiendo un largo trago de mi taza de café, con el cual me quemo la lengua pero poco me importa en estos momentos.
-En serio Nolan te juro solemnemente que no me he cortado-dice sosteniendo mi mirada muy seria.
Me muerdo el labio superior no sabiendo muy bien qué pensar, mi hermana jamás ha sido una niña depresiva ni mucho menos, tampoco se ha cortado jamás y… Venga ya, esa mirada me puede. Asiento con la cabeza.
-Pero te estoy vigilando-digo dando por zanjado el asunto y dando otro trago al café solo. En escasos tres minutos acabo de desayunar mientras Jude me sigue con la mirada sin decir palabra. Una vez termino, me levanto y le digo:
-Vuelve a dormir, descansa un poco antes de ir al instituto. Lo necesitas, tienes un aspecto horrible.
Asiente y sonrío de lado aún confuso por lo ocurrido, le revuelvo el pelo y susurro:
-Dime donde vive el tal Marc, quiero una de esas peleas adolescentes de: “¿Qué?¿eh?”
Ella sonríe y niega con la cabeza levantándose de la silla y alejándose por el pasillo en silencio con sus piececillos, de la talla treinta y siete, descalzos.